Antes de que existiera el tubo de pintura, conseguir un color específico podía costar fortunas, años de viaje, o la vida. La historia del arte es también la historia de cómo los seres humanos persiguieron el color con una obsesión que hoy resulta difícil de imaginar.
El azul ultramarino — ese azul profundo que aparece en los mantos de la Virgen en casi toda la pintura medieval y renacentista — se fabricaba a partir del lapislázuli, una piedra semipreciosa que solo existía en una sola mina en el mundo: en las montañas de Badajshan, en lo que hoy es Afganistán. Había que extraerla, transportarla a través de Asia Central y Europa, y molerla durante semanas. Era más cara que el oro por peso. Los contratos de encargo de la época especificaban exactamente cuántos gramos de ultramarino podía usar el artista y en qué partes de la obra.
El verde esmeralda, popular en la pintura del siglo XIX, era una combinación de arsénico y cobre que producía un verde brillante sin precedente. También era altamente tóxico. Se cree que las habitaciones tapizadas con papel pintado de ese color — que se fabricaba con el mismo pigmento — contribuyeron a la mala salud de Napoleón en su exilio en Santa Elena. Algunos historiadores sospechan que el arsénico del papel de sus paredes fue un factor en su muerte.
El blanco de plomo fue el blanco estándar de la pintura europea desde la antigüedad hasta el siglo XX. Era brillante, opaco y secaba bien. También era lentamente letal. La exposición prolongada al plomo provoca daño neurológico acumulativo. Goya, que usó grandes cantidades en su técnica, desarrolló una sordera progresiva y un estado mental que algunos historiadores atribuyen parcialmente a la intoxicación crónica. Sus "Pinturas negras" — los murales que cubrió en su propia casa — fueron hechos con plomo.
El amarillo de Nápoles, usado desde el Renacimiento, se fabricaba con antimoniato de plomo: también tóxico, también brillante, también difícil de reemplazar. El pigmento índigo — el azul más oscuro de la pintura asiática y europea — dependía de una planta tropical que se cultivaba principalmente con trabajo esclavo en las colonias. El comercio del arte y el comercio de personas estuvieron conectados por el color.
El primer color sintético de la historia moderna fue el azul de Prusia, descubierto por accidente en Berlín alrededor de 1704. Un fabricante de pinturas intentaba hacer rojo y obtuvo azul. Cambió el mercado del color para siempre: por primera vez, un tono específico podía producirse de forma consistente, barata y en cantidad. El impresionismo — con su obsesión por capturar la luz — no hubiera existido sin la revolución de los pigmentos sintéticos del siglo XIX.
Hoy, los tubos de óleo en cualquier ferretería de arte contienen colores que en el Renacimiento habrían costado el equivalente de meses de trabajo. El azul ultramarino artificial, sintetizado por primera vez en 1828, es indistinguible al ojo del original y cuesta céntimos. Lo que los artistas renacentistas negociaban por gramos, hoy se compra por kilos. Pero algo se perdió en esa democratización: el peso de saber que ese azul venía de un lugar específico en el mundo, transportado por manos específicas, valioso por su rareza absoluta.
